Con una mochila llena de alegría


El jueves recorrí Vélez Málaga de casa al trabajo con el vestido puesto al revés. Según manda una de esas leyes no escritas, alguien debería regalarme algo, y efectivamente Gustavo me llamó al día siguiente para invitarme a ir al hospital y repartir una mochila de alegría...

Cargamos la mochila y llegamos al hospital y comenzaron a llegar los niños. Yurima llegó la primera y al principio no quería separarse de las faldas de su mamá, pero a los tres minutos nos regaló su primera sonrisa, después de la cual vinieron muchísismas más, y así poco a poco fueron llegando todos, pintando , jugando, tecleando, contándonos historias... y olvidándose por un ratito de los cables, las vías, el suero y demás elementos propios del hospital, además de cansancio, dolor...

No solo los niños estaban contentos, también las familias, padres, madres, abuelos,hermanos... esas personas que les acompañan y pasan horas y horas encerrados en el hospital y alas que les parte el alma más que a nadie verlos sufrir. Los familiares también tuvieron un ratito para relajarse, hablar entre ellos y con nosotros, ir simplemente a tomar un café o darse una ducha rápida.

Cuando alguien fabrica sonrisas para otros generalmente se contagia y a pesar de los altos y los bajos que el trabajo proporcione, se va a casa sonriendo.
Más aún cuando uno consigue fabricar sonrisas en los labios de alguien a quien se han empeñado en robársela, y si este alguien es un niño, la experiencia se sale de los límites de lo explicable.


La felicidad no se queda sólo en repartirla, uno mismo se vuelve con las pilas cargadas y relativizando todos sus problemas, cambiando el punto de vista y parándose a pensar la suerte que tiene, simplemente por estar bien.

Muchas veces andamos quejándonos del trabajo, del ruido que hace el vecino, de que no funciona el televisor, de que se rompió la impresora, de que no tenemos recursos para hacer tal o cual cosa, que no nos llega para tener tal o cual bien... y no nos paramos a pensar lo afortunados que somos simplemente porque todos los días después de trabajar, llegamos a casa y estamos bien, no nos duele nada, no tenemos que llevar un cable colgando de un artefacto con ruedas, no nos tienen que poner el termómetro cada hora, tenemos apetito y , no tenemos que dormir en un hospital.

Uno piensa que debería estar prohibido por las leyes de quien quiera que sea que mande en las leyes del organismo, que los niños tuvieran que enfermar, pero ante la imposibilidad de reclamar a nadie, lo mejor es ponerse manos a la obra y ayudar a hacer más llevadero ese trago.

El tiempo se cotiza muy alto en los días que corren, tal vez regalarlo pueda dar un poco de miedo ¡con la de cosas que tenemos que hacer ! Pero desde luego regalar nuestro tiempo para ayudar a otros se ve sin duda recompensado con creces por la gratitud en forma de gestos, miradas y sonrisas que nos son devueltos.
Animo a todo el mundo a experimentarlo



El tejido de que esta hecha la sonrisa de un niño debería ser irrompible, aunque a veces situaciones como la enfermedad lo rasgan, si en ese momento una persona consigue arreglar el desaguisado, ese sastre de sonrisas se verá recompensado por el mayor de todos los tesoros , la gratitud Digg It! Stumble Delicious Technorati Tweet It! Facebook

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