“Una oportunidad”

Quiero comenzar con unas disculpas a priori, por no hallar palabras válidas (si es que acaso existen) para encerrar y cristalizar el cúmulo de emociones, tan diversas, tan vertiginosamente profundas, que albergo desde mi breve pero intensa estancia con los niños en el Hospital. Llevo todo el fin de semana, entre comuniones, bailes, ... pensando la manera de llegar a una aproximación exacta, pero, pese a mi facilidad por exteriorizar emociones y pensamientos, no lo logro; sólo me identifico, cada vez más, con lo que nos contaba nuestra compañera Raquel acerca de la dificultad de ordenar los sentimientos tras implicarnos en este proyecto. Y es eso lo que sucede: esta experiencia no se puede materializar en palabras; es preciso vivirla para sentirla. No obstante, intentaré crearos una idea de lo que ha supuesto para mí y creo que para todos los que hemos pasado por el Hospital, aunque aún no haya podido asimilarla del todo.
Con cada publicación en el blog del proyecto, mi ilusión y mis ganas por acompañar a los niños engordaba un poquito más, haciéndome sentir, en numerosas ocasiones, egoísta por querer que mi turno llegará ya, pues esto se traducía en la existencia de unos niños que, prematuramente, sufrían las limitaciones del “lado oscuro” de la vida y unos padres condenados a ser espectadores de ello. No; ahora entiendo que lo que realmente ansiaba era una oportunidad para atenuar esa situación; para devolverles un poco de la alegría que merecían. Llegó nuestra oportunidad y Nani (Mariani de Igualeja) y yo preparamos dibujos; un impress con “Cifras y Letras”; Kits de regalo de Guadalinfo, ... Ellos se conformarían con mucho menos...A pesar de mi continua resistencia a conducir por la carretera de “la costa”, esa mañana, a las 7:45 nada detendría mi seguridad y mi confianza en hacerlo, pues me guiaba una motivación demasiado fuerte. Así que Nani y yo, sin saber muy bien cómo, nos dirigimos hacia el Hospital “Costa del Sol” de Marbella.
Allí nos esperaba Gustavo -nuestro DT y el cerebrito del proyecto-, cargado de lápices, globos y animándonos con una sonrisa, pues estábamos nerviosas. Estaba nerviosa porque tenía miedo de no poder aprovechar al máximo esa oportunidad; de no poder hacerles disfrutar y olvidar, por una mañana, dónde nos encontrábamos; de que no me permitiesen aportarles todo lo que llevaba conmigo.
Estábamos en la planta quinta, donde las enfermeras nos atendieron amigablemente mientras esperábamos la llegada de los niños: dos pequeñitos y cuatro niñas de edad diversa.
Se llama Iria, una preciosa niña de unos seis añitos. Fue a la primera que le entregamos un dibujo, la primera en llegar. Quise enlazar unas palabras con ella, pero su garganta no se lo permitía, lo que me hizo desistir.
La pequeña Nur, a penas de dos añitos, podía hablar, pero sus intenciones eran otras y como única respuesta ofrecía un giro repetido en su cabeza a modo de “No”, decidido y firme; ya veríamos... Algo similar ocurría con Micaela, de unos diez años; en su caso, la timidez acortaba sus respuestas y bajaba su cabecita. Nani se percató pronto de ello y se puso “manos a la obra”.
Entonces llegó Eli, de doce años, una niña rebosante de vida, de ganas por hacer cosas, aprender, ... y de hablar con alguien: y ahí estaba yo. Me supo mal cuando me contaba que, mientras ella no podía salir ni al balcón, sus compañeros de colegio estaban de viaje de fin de curso; “menos mal que venís vosotros”. Mientras tanto, la pequeña Nur, se iba acercando, poco a poco donde estábamos.
Nani y yo intercambiamos una angustiosa mirada cuando Iria tuvo que marcharse por no encontrarse bien. Pero seguimos con ilusión: Nani ya había conseguido sacar a Micaela “de la neblina” y allí estaba jugando y haciendo pulseras con ella. Yo seguía con Eli, realizando papiroflexia, pero sin desatender, clandestinamente, a Nur, quien se iba aproximando más y más. De vez en cuando yo le decía algo, pero sin demasiado empeño, para no intimidarla. Su madre compartió conmigo su preocupación: llevaba varias semanas allí y aún le quedan unas semanas más. Que se desahogara conmigo, me hizo sentirme útil, bien.
Dos ojitos negros estaban clavados en mí: era Nur intentando acaparar mi atención; ahora sí, ya podía jugar abiertamente con ella; ya me dio el sí para ser amigas. De este modo, de una niña que apareció triste y reacia a relacionarse, surgió una niña que bailaba -con sus manitas en la cintura-, sonriendo y pidiendo atención, totalmente integrada en el grupo; su madre la contemplaba con satisfacción.
El tiempo corría, pese a la sensación que teníamos de que todo, excepto nosotras, se había paralizado. Ninguna de las niñas (incluídas Nani y yo) queríamos que ese ambiente que habíamos creado se rompiera ahora cuando mejor estábamos. Eli estaba convencida de no ir a comer mientras estuviésemos allí; por su parte Nur tampoco estaba dispuesta a retirarse. Micaela, más dócil, accedió, pero en unos minutos regresó, portando ese horrible cacharro con suero... como si fuese una cometa.
Nos hubiésemos quedado, pero no podíamos ser egoístas: eran las dos y éramos conscientes de que, pese a que las entregadas enfermeras no querían romper el encanto, las niñas debían comer. Decidimos despedirnos, con unos fuertes abrazos y unos besos sinceros, de puro agradecimiento mutuo, de complicidad, ... Sus padres nos dieron las gracias y yo pensé: “¿Gracias? ¿acaso lo que siento ahora tiene precio? ...” Y cuando ya nos íbamos, mi estómago se oprimió hasta crear un nudo en mi garganta: Iria regresaba corriendo sonriente por el pasillo con cara de “ya estoy lista!”. Fue la dulce guinda que se coloca sobre un pastel minuciosamente preparado. ¿Cómo nos íbamos a ir? -como el agua salada-.
Cuando llegué a Pujerra, todos mis allegados, preguntaron por mi experiencia y, alguno que otro, se animó con la idea de poder llegar a vivirla.
Seguiría rellenando páginas, pero ello no bastaría para liberar todo lo que aún llevo dentro. Sólo espero haber transmitido un poquito de lo mucho que podéis llegar a sentir por vosotros mismos -o ya habéis sentido- cuando vayáis al Hospital. Estas no son falsas expectativas; no son como las que te haces cuando te hablan maravillas sobre un película y cuando la ves, no te crea el impacto esperado – y sé que no es el símil adecuado-; aquí la expectativa se cumple, se rebasa y es inimaginable.Queda clara la enorme satisfacción que siento y las ganas que tengo de volver para dar aún más (porque ahora tengo más, pues recibí bastante) y el deseo de que este proyecto continúe por mucho tiempo y que nadie se quede sin conocerlo: es algo que no podemos dejar pasar.
Por eso dar mil gracias a Gustavo, por hacernos partícipes de esta brillante idea; al Hospital por permitir su desarrollo; a todos los compañeros/as que se unen, se ilusionan, se comprometen y viven el proyecto, así como a esos más de 1200 seguidores que nos apoyan desde Facebook.
Las palabras se quedan cortas para decir todo lo que siento...”
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